Rastafaris: el sueño de volver a casa

IMG_9422Bobo Hill es el refugio de los Bobo Ashanti, una de las comunidades rastafaris que más fuerte defienden los derechos de los negros y su regreso a África. En estas colinas cercanas a Kingston, la capital jamaicana, se instalaron en 1970: King Emmanuel Charles Edwards VII, fundador de este grupo de rastafaris, profetizó en 1958 que se instalarían en la montaña. “Esta es la montaña”, dice Jah Miguel, profeta de Bobo Ashanti que dejó Colombia para instalarse en esta atalaya verde. Bobo significa negro, y Ashanti es el nombre de una de las tribus de Ghana, uno de los países africanos con más población arrancada.

Al llegar a la puerta de la comunidad, un perímetro pintado con los colores etíopes, un hombre se asoma y pregunta nuestro interés. Tras darnos el visto bueno, a mi acompañante —una mujer— la cubren desde el cuello hasta los tobillos: nada de carne al aire. Seguidamente, comienzan un rezo que trato de aprender de memoria, porque no me dejan escapar hasta que no lo recite completo:

Prayer going out and come in
Jah Rastafari give thanks for life
Health and Strenght
Jah Rastafari.

Tras la oración comienzo a ametrallar con mi interés, así que no me queda otra opción que admitir que soy periodista y que quizá escriba algo sobre ellos. Entonces se forma un revoloteo, unos sospechan, otras vienen, otros se van y Priest Moraan, un sacerdote ataviado con una túnica amarilla, cambia su actitud y nos conduce a la oficina de este campamento. Luego viene Priest Morgan, otro sacerdote, una señora que se pasa un par de horas mirándome desconfiadamente y otro rasta, que al final de mi estancia me suplica que le dé “una contribución”. Otra, quiero decir.

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Esta comunidad encaramada en la historia y las montañas también se llama Ethiopian International Congress. De hecho, Ghana y Etiopía reconocieron al campamento como territorio propio, y las personas de la comunidad se identifican como africanos en el exilio. Están en su Egipto: esperando llegar a la tierra prometida.

La historia es conocida: a la región del Caribe llegaron nueve millones de africanos durante la etapa colonial. A Jamaica lo hicieron millón y medio, directo a las plantaciones de azúcar y a las casas de sus amos ingleses. Jamaica se independizó del Reino Unido en 1962, pero para entonces la mayoría de la población de este país caribeño ya era africana. “Lo primero que reclamamos nosotros es la repatriación, ya que fuimos traídos como esclavos y no nos preguntaron. De la misma forma nos deben llevar a nuestra casa”, explica Priest Morgan. “Toda persona puede venir e identificarse —continúa Morgan—, ya que cualquiera puede levantarse a favor de la repatriación, que es nuestro primer objetivo. Los principios son para edificarte a ti mismo y para redimir a nuestra madre tierra, que es África”.

Los rastafaris tienen un complejo sistema de creencias. No son una religión, aunque su dios, Haile Selassie, se manifieste en ellos mismos. Ser rastafari es otra cosa: es una búsqueda de la verdad a través del viaje interior, una filosofía que se rebela contra la opresión a los negros, una cultura que incluye el rezo y la memorización de salmos. Un modo de vida, en definitiva, que requiere de un firme compromiso con las profecías que continuamente extraen de su biblia.

Actualmente, Jamaica ha abierto una lucha por el reconocimiento de la explotación a la que el país fue sometida hasta su independencia. La búsqueda de ese reconocimiento incluye unas disculpas y una indemnización de —atención— más de 7 trillones de libras. No obstante, los rastafaris lo tienen claro: la primera medida debe ser la repatriación; de lo demás, luego hablamos.

IMG_9678Marcus Garvey, uno de los padres de los derechos de los negros, dijo en la década de los años veinte: “Miren a África, un rey negro será coronado porque el día de la liberación está cerca”. Cuando el emperador Haile Selassie I fue coronado en Etiopía en 1930, muchos creyeron que la profecía se había cumplido y que el resto de las profecías estaban ya en marcha. Así que las conversaciones que tenemos giran en torno a fragmentos de textos bíblicos que interpretan y descifran, y yo, que venía con apetito de su cultura, hay un momento en el que no doy abasto. Otra revelación: esta del apocalipsis, de Juan; otra de Moisés (“este es el campo de Moisés”, dice Morgan) y la certeza de que Occidente es su Egipto.

“Todo lo ha hecho Dios. Cuando buscas la verdad, la encuentras en Dios”, dice el profeta Miguel, de 27 años, que explica que los Bobo Ashanti son los sacerdotes del resto de los rastafaris. Le pregunto qué sintió al dejar su país para integrarse en estas colinas. “Me liberé”, responde. ¿Y por qué Bobo?, le pregunto. “Porque aquí está Emmanuel, el rey de todos los rastafaris: él es el líder perfecto”. Es verdad, el cuerpo de Emmanuel es el único aquí enterrado.

En Bobo Hill viven unas decenas de personas, pero representan a todos los negros del mundo, desperdigados por el planeta en una inmensa diáspora. Desde este fortín de espesa vegetación y aroma a ganja, luchan arduamente para regresar; nos muestran la continua correspondencia entre las instituciones de Jamaica y Etiopía. Dicen que están cerca de lograr la liberación absoluta: “Estamos ya sobre el tiempo”.

El cielo empieza a amenazar con una tormenta y la población del campamento se recoge. Las banderas izadas en la colina se agitan y aún nos queda un último rezo para despedir a los representantes de los 144 mil “elegidos”. Ya cumplido —y mirando hacia África—, bajamos el mismo sendero caminando y, hasta entonces, me doy cuenta de que entender el entramado teórico del pensamiento de estos habitantes no es fácil. Y de todo lo absorbido, lo que más retumba ahora es la palabra “verdad”.

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